Vivió en la senda
peligrosa
David Charles
Spurgeon
La Senda Peligros
hasta que...
Afuera aún estaba
oscuro a las 6:00 a.m., el 30 de octubre de 1990, cuando un
grupo numeroso de hombres armados, con rifles M-16,
silenciosa y cautelosamente rodearon mi casa. De pronto me
despertó el sonido de fuertes y repetidos golpes contra una
casa. Salté de la cama y corrí hacia la ventana para ver de
dónde venía el ruido. Al abrir las cortinas, vi hombres
armados por doquier y varios me apuntaban. Entonces gritaron:
“¡Quieto! ¡No se mueva y levante las manos! ¡Es la policía!”
Ese fue el inicio de una serie de eventos que literalmente
transformarían mi vida, de motociclista y criminal, a
cristiano.
Nací en
Lawrenceburg, Tennessee, E.U.A., en 1953. Mi padre se
trasladó al norte del país en busca de trabajo,
estableciéndose en una comunidad agrícola en las afueras de
Toledo, Ohio. Él trabajaba arduamente, de 40 a 80 horas
semanales, y mi madre atendía el hogar. Asistíamos a la
iglesia cada semana y yo participaba en las actividades
juveniles; sin embargo, nunca me explicaron el plan de
salvación. Al cumplir 16 años, me sentí feliz cuando obtuve
mi licencia de conductor y me escapé del campo para
contemplar las “luces brillantes” de la ciudad. Fue entonces
cuando se manifestó la rebeldía en mi vida. Comencé a tomar
cerveza, buscando el estupor y la sensación de placer que me
hacían olvidar toda preocupación. A menudo discutía con mi
padre por mi pelo largo y porque yo no deseaba buscar un
empleo estable. Mi conducta era sumamente rebelde e
irresponsable.
En 1971 ingresé al
ejército de los E.U.A. para probar que podía lograr algo en
la vida. Me especialicé en armas ligeras; luego entré a la
escuela de aviación y saltaba de aviones simplemente para
demostrar mi fortaleza. Iba a fiestas y pasaba el tiempo con
los que sabían “gozar de la vida”, bebiendo cerveza y
fumando mariguana, creyendo que estaba divirtiéndome y
disfrutando de la “euforia”. Después de dejar honrosamente
el ejército en agosto de 1974, viajé por el país durante
seis meses.
Después volví a Ohio
para establecerme allí y, en febrero de 1975, se cumplió uno
de mis mayores sueños: me convertí en el orgulloso
propietario de una motocicleta Harley-Davidson. Obsesionado
para aprender más acerca de las Harleys, trabajaba en
tiendas y talleres de motocicletas. Una mañana, en abril de
1975, después de ir a una fiesta y beber, salí del bar
totalmente borracho y me dirigí a casa en mi Harley. Iba
casi a 137 kilómetros por hora cuando, después de golpear
algo en el camino, caí con la motocicleta. Ésta quedó
destruida aunque yo salí ileso. Un amigo me permitió usar su
taller para reparar la motocicleta. Mientras la reconstruía,
aprendí mucho de mecánica, y me gané la reputación de hacer
trabajos al gusto del cliente.
Aunque apreciaba la
soledad, me reunía con otros motociclistas; juntos bebíamos,
peleábamos y conducíamos nuestras Harleys. En octubre de
1975, persuadido por mis amigos, me uní por primera vez a un
club de motociclistas. Era un pequeño club local basado en
la fraternidad. En 1978 conocí a algunos miembros de un club
nacional; después de pasar un tiempo con ellos, y probarles
que era suficientemente “malo”, me aceptaron como miembro.
En el estilo de vida
como motociclista había aspectos sombríos, incluyendo
numerosos funerales. La muerte de uno de mis mejores amigos
es un buen ejemplo. Una mañana, muy temprano, un amigo y yo
salimos de un bar con dos muchachas para dar un paseo “loco”
en mi Camaro. Mi mejor amigo nos seguía en su motocicleta.
Cuando nos detuvimos ante un semáforo para que se bajaran
las jóvenes, mi amigo se adelantó. Lo perdimos de vista
cuando entró al callejón que había detrás de mi casa. Al dar
la vuelta en la esquina, vimos la motocicleta destrozada en
el callejón y a mi amigo estrellado contra la cerca;
evidentemente había perdido control de la motocicleta.
Corrimos a su lado y, al ver que no estaba respirando, puse
mi brazo bajo su cuerpo para enderezarlo y darle respiración
artificial. Cuando retiré mi brazo, estaba cubierto de
sangre, la cual parecía relucir bajo la débil luz de la
calle. Una pandilla rival le había disparado. Si no nos
hubiéramos detenido frente a ese semáforo, yo habría sido el
primero en entrar al callejón. ¡Esas balas eran para mí!
Otras “causas naturales” de muerte (según nuestras normas)
eran tiroteos, puñaladas, accidentes de motocicleta, y
sobredosis de alcohol y drogas.
Después de seguir
este estilo de vida durante nueve años, llegué a ser
funcionario nacional en el club. Tenía alrededor de 35 años
de edad, y había progresado de tal forma que poseía todo lo
que quería: oro, Harleys, automóviles, camionetas, un auto
rodante, Corvettes. Todo lo conseguía sin dificultad. Hacia
1990 me sentía sumamente insatisfecho con mi vida, pero no
conocía otra forma de vivir, ni cómo cambiar. Para escapar
de la realidad, bebía y me drogaba con más frecuencia. Al
fin de cuentas, era un estilo de vida en el que pocos
llegaban a la vejez; muchos de mis amigos habían muerto o
estaban en la cárcel. El whisky y la cocaína eran mis
amigos. A la cocaína la llamábamos “la caspa del diablo”.
Puesto que en la vida de pecado no existe esperanza alguna,
las peleas y borracheras eran eventos diarios.
Esa mañana en
Dayton, Ohio, parado cerca de la ventana de mi dormitorio
con las manos en alto, me di cuenta de que el fuerte sonido
que me había despertado era de un ariete; con él habían
arrancado la puerta de mi casa. Unos 15 policías y agentes
de la FBI, ATF y DEA entraron rápidamente a mi casa. ¡Todo
el alfabeto estaba allí! Usando cascos y equipo de
protección para el cuerpo, y cargando rifles M-16, subieron
de prisa por las escaleras, protegidos por grandes escudos.
De inmediato me esposaron y me llevaron al primer piso,
mientras los agentes realizaban una búsqueda por toda la
casa. Encontraron armas por todas partes, incluyendo una
metralleta y una caja donde había una bolsa con cocaína. Me
arrestaron y encarcelaron sin derecho a salir bajo fianza.
Enfrentaba sentencias de 30 años obligatorios por poseer la
metralleta, cinco años obligatorios por las otras pistolas,
y dos años por la cocaína. Lo que empezó como “diversión”
resultó tener un alto precio.
Un día, en mi celda,
vi que otro hombre con antecedentes similares a los míos
leía la Biblia. Él me invitó para que, el 4 de noviembre,
asistiera a un culto dirigido por dos hombres de la Iglesia
Bautista Caridad. Allí escuché una predicación bíblica
acerca del lugar llamado infierno. Yo siempre había pensado
que no le temía a nada, pero ese mensaje me aterró. Cuando
dijeron que el infierno era un lugar de tormento, y que yo
mismo podía leerlo en la Biblia, no me gustó el mensaje pero
aprecié la verdad. Con la experiencia que tenía como ladrón
y estafador, no iba a dejarme engañar por dos tipos
religiosos. Sin embargo, en su mensaje ese día hubo algo que
me hizo volver al culto que celebraron el 11 de noviembre.
Yo sufría de parálisis de Bell (parálisis total del lado
derecho de la cara) y no podía enfocar bien mi ojo derecho,
así que pedí una Biblia con letra grande. Cuando la recibí,
empecé a leerla con entusiasmo, anhelando la paz que podía
encontrar en ella.
Unos días después,
mi abogado me informó del trato que me estaban ofreciendo.
Puesto que yo no tenía antecedentes criminales, el Ministro
de Justicia de los E.U.A. estaba dispuesto a retirar los
cargos por el arma automática, siempre y cuando me declarara
culpable del cargo por las pistolas, con la sentencia de
cinco años obligatorios, y del cargo por la cocaína, con la
sentencia de dos años obligatorios. Todavía no podía salir
bajo fianza, pero ahora enfrentaba siete años de cárcel en
vez de 37, lo cual me daba cierta esperanza de empezar de
nuevo cuando quedara en libertad.
Anhelando paz en mi
alma, continué leyendo la Biblia. Una mañana estaba
leyéndola cuando, por el pequeño radio que tenía, anunciaron
el día y la hora —5:00 a.m., 30 de noviembre de 1990. No
pude controlar las lágrimas al recordar que ese día, hacía
diez años, habían matado a mi amigo en el callejón detrás de
mi casa. Debido a mi influencia, había abandonado su empleo
y a su familia para unirse al club de motociclistas. Él
estaba muerto y en el infierno por haberme seguido. Con
lágrimas aún, y las manos temblorosas, le pedí a Jesucristo
que viniera a mi corazón y tomara el control de mi vida. Me
rendí al Señor por completo y Él me salvó. Esa mañana
experimenté una sensación que nunca me ha abandonado.
Jesucristo me dio la paz que tanto había ansiado. Todavía me
encontraba en la cárcel sin derecho a fianza, y debía
cumplir mi sentencia. Pero, desde ese momento quedé libre.
Estaba libre de los lazos del pecado que me habían
esclavizado por tantos años. Sintiendo una paz que jamás
había experimentado en mi vida, escribí una carta a mis
padres contándoles de mi conversión. Tom Gresham (de la
Iglesia Bautista Caridad) fue a visitarme. Me dio una lista
de versículos que debía leer, y me ayudó a establecer un
programa de estudio para que aprendiera más de la Biblia. A
la semana siguiente me otorgaron una tercera audición
concerniente a la libertad bajo fianza. Mi abogado no creía
que hubiera posibilidad alguna para mí, pero por alguna
razón yo pensaba lo contrario. El señor Gresham me había
dicho que la gente de la iglesia estaba orando por mí; yo no
comprendía por qué esas personas que nunca había conocido
estaban orando por mí, pero sabía que ahora algo había
cambiado. Contra todas las probabilidades, el 21 de
diciembre de 1990 el juez me concedió el derecho a fianza.
Algunos policías le comentaron a mi abogado que, en toda la
historia de ese territorio federal, yo era la primera
persona a la que le habían otorgado derecho a fianza después
de negársela dos veces. Le doy toda la gloria al Señor.
El 23 de diciembre
de 1990 fui a la iglesia para agradecer a la gente que había
orado por mí; me recibieron con tanta bondad y amor que
seguí asistiendo. El 6 de enero de 1991 fui bautizado para
hacer una declaración pública de mi fe.
Cuando llegó la
fecha en que sería sentenciado, el 22 de noviembre de 1991,
estaba preparado —hasta donde eso era posible— para que me
enviaran a una penitenciaría federal por cinco a siete años.
Estaba muy agradecido por todo lo que Dios había hecho por
mí. Me había dado una nueva familia en Cristo y, lo más
importante, había salvado mi alma y ya no tendría que ir al
infierno. En la Corte de Distrito de los E.U.A., ante el
juez Walter H. Rice, y con unos 70 miembros de la Iglesia
Bautista Caridad, comparecí para responder por mi vida
pasada. Yo era un nuevo hombre, pero aún debía pagar por los
crímenes del viejo hombre. El juez Rice declaró que había
recibido casi 100 cartas y que me conocía por el informe de
la libertad condicional. Dijo: “Usted no parece ser el mismo
hombre que compareció ante mí hace un año”, y me pidió que
le explicara qué había ocurrido dentro de mí. Así me dio la
oportunidad de testificar de la salvación que había recibido
por medio de Jesucristo, y de la forma en que Él me había
transformado. En 2 Corintios 5:17 la Biblia dice:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es;
las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
El juez primeramente declaró que el cambio en mi vida era
tan extraordinario y tan singular que, evidentemente, no
había sido tomado en cuenta por los que se habían encargado
de mi sentencia y la habían redactado. Luego, el juez Rice
separó las dos acusaciones, sentenciándome a cinco años de
libertad condicional por el cargo relacionado con las drogas,
con seis meses de arresto domiciliario y 200 horas anuales
de servicio a la comunidad. En el Sexto Distrito de los
Estados Unidos nunca se había presenciado tal procedimiento
para sentenciar. Una vez más, toda la gloria le pertenece al
Señor.
Agradezco a todos
los que oraron por mí, y agradezco al Señor Jesucristo por
darme una segunda oportunidad. Muchas personas que seguían
el mismo estilo de vida que escogí murieron en su pecado,
sin salvación. Fui sumamente afortunado porque alguien se
acercó a mí y me entregó el evangelio de Cristo Jesús.
Alguien me dio la Biblia y aprendí que “todos pecaron, y
están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Aprendí el famoso versículo: “Porque de tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida
eterna” (Juan 3:16). Dios envió a su Hijo para que yo
pudiera vivir. Aprendí “que Cristo murió por nuestros
pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y
que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1
Cor. 15:3-4). Leí: “Que si confesares con tu boca que
Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le
levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).
Luego leí Romanos 10:13: “Porque todo aquel que invocare
el nombre del Señor, será salvo”. Lo creí y clamé al
Señor, ¡y Él me salvó! No se arriesgue a esperar, como lo
hice yo. Yo no tenía garantía alguna de que viviría lo
suficiente como para arrepentirme. Usted tampoco la tiene.
Si está perdido, le ruego que acepte al Señor Jesucristo
como su Señor y Salvador. Nunca lo lamentará.
Puesto que no sabe
con certeza lo que ocurrirá mañana, pida al Señor Jesucristo
que venga a su corazón y salve su alma hoy. Sólo confíe en
Él y ore: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y merezco
ir al infierno. Te ruego que perdones mis pecados; ven a mi
corazón y dame la vida eterna. Creo plenamente en Ti ahora
como mi Salvador. Gracias por salvar mi alma. Amén”.
Por favor, envíe
este tratado a la dirección que indicamos abajo para
permitirnos saber si, después de leerlo, usted ha decidido
confiar en Jesucristo como su Salvador.
He aceptado ahora a
Jesucristo como mi Salvador y quisiera:
Recibir un
curso de estudio bíblico.
Que alguien me
visite.